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EL SURGIMIENTO DEL HOMO DOMESTICUS.

Por Ricardo Tagle


El cuerpo humano, con su genoma y microbioma, se formó a través de millones de años de evolución. Como humanos, tendemos a aceptar el mundo que nos rodea como “natural”, pero desde una perspectiva evolutiva, las condiciones de vida actuales no son naturales, sino novedosas. Cuando miramos hacia atrás en el viaje evolutivo humano, rápidamente queda claro que el mundo que nos rodea ha cambiado drásticamente en muy poco tiempo.

Para el 99.5% de la historia evolutiva de nuestro género (Homo) vivimos como cazadores-recolectores; una forma de vida que dominó hasta la revolución agrícola hace aproximadamente 10.000 años. Aunque nuestro entorno ha cambiado drásticamente desde nuestros días como cazadores-recolectores, nuestro genoma original todavía nos acompaña en gran parte; una composición genética cuya expresión saludable y estado óptimo resultan mermados con las dietas y estilos de vida contemporáneos.

Desajustes evolutivos

El genoma humano se formó durante millones de años en entornos naturales ancestrales a través del proceso de la selección natural: proceso por el cual los individuos que se adaptan mejor a las condiciones en que viven tienden a replicar más genes a lo largo del tiempo que aquellos que están menos adaptados.

Tal proceso se manifestó específicamente en el caso de los homínidos en la era Paleolítica (hace 2.6 millones de años – 10.000 años atrás). Estos homínidos vivían juntos en pequeños grupos que subsistían de plantas y animales silvestres, y durante este tiempo, los rasgos hereditarios que mejoraron la capacidad de nuestros antepasados ​​de sobrevivir y reproducirse como cazadores-recolectores fueron positivamente seleccionados para estas funciones.

La revolución agrícola marca el comienzo de cambios sustanciales en nuestras condiciones de vida, cambios que se han acelerado en ritmo y fuerza en los últimos siglos. 10.000 años es una pequeña fracción de tiempo desde una perspectiva evolutiva, y muchas de las transiciones en el estilo de vida han sido demasiado poderosas y/o demasiado recientes para que nuestros cuerpos se adapten. Desde una perspectiva genética, todavía somos mayormente cazadores-recolectores, lo que significa que la evolución cultural ha sobrepasado a la evolución biológica.

Dado que nuestra biología no ha sido capaz de mantenerse al día con los rápidos cambios en nuestro medio ambiente en los últimos milenios, ahora experimentamos un desajuste genético-ambiental. En el mundo moderno, la mayoría de nosotros sometemos nuestros cuerpos a estímulos que caen en la categoría de muy poco o demasiado novedosos, y como resultado, se presentan desajustes evolutivos. Cuando el cuerpo humano se ve sometido a un estilo de vida para el que está poco adaptado, el genoma humano responde con un patrón de expresión génica sub-óptimo.

Todo esto da como resultado un fenotipo sub-óptimo y enfermedades de la civilización, como la diabetes tipo 2, el acné vulgar, las enfermedades cardíacas y el cáncer de colon, que son raras o inexistentes entre los cazadores recolectores y grupos étnicos modernos que siguen una dieta y un estilo de vida que están en concordancia con nuestro antiguo genoma.

Podemos identificar cuatro factores claves de esta discordancia evolutiva, que tienen alta incidencia en nuestro estado de salud, estos son:

Hipocinesia: Tendencia al sedentarismo, carencia de movimiento. Muchos de nosotros pasamos la mayor parte del día estando quietos, en general nos movemos poco.

Hipercinesia: Exageración de un gesto motriz especifico. La mayoría de los deportes podrían considerarse un ejemplo ya que se componen de patrones motrices repetitivos, que a su vez son exacerbados fatigando la musculatura en un marco reducido de tiempo; en lugar de mantenerse en movimiento durante el día.

Hiposomnia: Descanso inadecuado. Dado el ritmo de vida y la exposición a luz artificial, nuestro cuerpo muchas veces no logra generar descanso reparador.

Nutrición pro-inflamatoria: Consumo de alimentos que generan inflamación intestinal crónica.

Esta tetrada exclusiva de la modernidad o de contextos civilizatorios tiene su base en lo que denominamos “sindrome de déficit de naturaleza”, este trastorno por déficit de la naturaleza no es un diagnóstico formal, escribió el autor Richard Louv en un artículo de 2009 de Psychology Today, “sino una manera de describir los costos psicológicos, físicos y cognitivos de la alienación humana de la naturaleza, particularmente para los niños en sus vulnerables años en desarrollo.”

La condición a la que llamamos Homo Domesticus, la versión domesticada del Homo Sapiens, es generada principalmente por este “déficit” de condiciones naturales en nuestros estilos de vida, dicho de otra forma, por una discordancia entre el entorno que habitamos y nuestra anatomía, fisiología y comportamiento. Esta condición cultural afecta y genera estados de salud subóptimos y se ha transformado en la gran epidemia de la modernidad.

Este “déficit” es uno de los males del nuevo siglo. Cada vez estamos más conectados a la tecnología y más desconectados de la naturaleza. Nuestros hijos no son ajenos a este cambio de vida y muchos de ellos sufren el conocido como trastorno por déficit de Naturaleza, cuya característica más evidente es una inadecuada relación entre nosotros y el entorno. Es una persistente desconexión de la naturaleza y todo lo que el contacto con la naturaleza conlleva.

Conclusión y Recomendación

Una gran proporción de los problemas de salud que afectan a las culturas modernas se deben a los patrones diarios de estilos de vida, en cuanto a actividad física, alimentación, estrés, patrones de descanso, etc.; que son profundamente diferentes de aquellos para los que estamos genéticamente adaptados. El entorno natural ancestral en el que se forjó nuestro genoma actual a través de la selección natural exigía una gran cantidad de gasto energético diario en una variedad de movimientos físicos. Nuestros genes que fueron seleccionados en este arduo y exigente entorno natural permitieron a nuestros antepasados ​​sobrevivir y prosperar, lo que conllevaba un estilo de vida muy vigoroso. Este cambio abrupto (por tiempos evolutivos) de un estilo de vida muy exigente físicamente en entornos naturales al aire libre, a un estilo de vida indoor inactivo es el origen de muchas de las enfermedades crónicas generalizadas que son endémicas en nuestra sociedad moderna.

La respuesta lógica es buscar replicar de forma adaptable a la actualidad, los patrones de actividad humana original, en la medida en que esto sea factible y práctico. Las recomendaciones para el modo de ejercicio, la duración, la intensidad y la frecuencia debiesen buscar acercarse a las actividades físicas rutinarias de nuestros antepasados con quienes aún compartimos la mayor parte de nuestro genoma.

En una persona inactiva típica, este tipo de actividad física diaria optimizará la expresión génica y ayudará a conferir la salud óptima que alguna vez pudimos disfrutar como seres humanos en la naturaleza.

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